12 de Enero de 2007

LOS VECINOS MOLESTOS

Los vecinos de departamentos tienen tantos despelotes, que si filmaran <> en nuestra ciudad, no haría falta el fuego.

EL AUMENTO DE la población en las ciudades trae un crecimiento hacia arriba de las construcciones -las torres de departamentos-, algo que soluciona el problema habitacional pero crea otro, quizás más grave que el primero: la mayor cercanía de los vecinos molestos.

¿Quién no pensó alguna vez en mudarse debido a vecinos insoportables? Están los que trabajan y golpean a horas insólitas o los que viven peleándose tan fuerte y tan soezmente que tapan los insultos del show que uno está viendo por televisión. Sin hablar de las molestias que causa el desfile de desconocidos por esos departamentos que se alquilaron para enseñar inglés o computación y tienen como nombre <>, por ejemplo.

Entre los que entorpecen el funcionamiento de una casa de departamentos están los vecinos que no son molestos pero tienen animales, bichos que no entienden de sociabilidad y buenas costumbres. Y en este rubro incluimos a los que tienen gatos. O sea, los departamentos transformados en saunas. Otros tipos de vecinos molestos son los que se insultan de ventana a ventana. Y encima están los que ponen el equipo de audio a todo volumen para no escucharlos. En realidad, es una forma de escuchar puteadas con música de fondo. Están los vecinos liberales que se dedican a realizar orgías ruidosas, con mujeres desnudas, champán y morfi a rolete. Y eso no sería nada: lo peor es que cuando nos vamos a quejar, ni siquiera nos invitan a pasar un ratito. Están los tipos que se ponen a laburar a cualquier hora, haciendo un ruido infernal; estos tipos son desocupados que despuntan el vicio del yugo enderezando clavos o matando hormigas. Están los que viven en el piso superior al nuestro y hacen todo tipo de ruidos a la hora de acostarse -estornudos, eructos, carrasperas-, y no nos dejan dormir. Pero la noche que no los hacen, igual no dormimos esperando el momento en que los van a hacer. Pero éstos no son los únicos en desvelarnos; los que mas ruidos hacen a la noche son los recién casados. Sobre todo cuando se acuestan sin intenciones de dormir. No es que censure que hagan el amor; lo que está muy mal es que lo hagan sobre un élastico de tan mala calidad.

Son tantos los bolonquis que se arman en los departamentos que no podemos negar nuestro pasado de inmigrantes: los modernos departamentos son los viejos conventillos. Si hay algo que los diferencia es que ahora tienen ascensores y portero eléctrico.

Frente a esta cantidad de casos de vecinos molestos, no cabe otra solución que mudarse, porque es la mejor forma de desembarazarnos para siempre de la gente insoportable. O también, que nuestros vecinos se libren de nosotros. Porque hay casos en que el vecino molesto es uno mismo.

Juan César Parissi
 

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PAÍS DE DOS RÍOS

Los Hurritas y la meseta de Armenia

 

LA CULTURA DE KURA-ARAX

Durante la segunda mitad del IV milenio a.C. la vasta zona comprendida entre el Cáucaso, el trans-Eufrates superior y el lago Urmia comenzó a manifestar un estado cultural de uniformidad que se mantendría por más de un milenio. Esto ha sugerido una unidad étnica que los materiales prehistóricos, por su naturaleza intrínseca, se revelan insuficientes para demostrar.

La bibliografía de la antigua Unión Soviética suele llamarla "cultura de Kura-Arax", a la par de otros nombres. Esta diversidad terminológica también se nota en la literatura occidental. El arqueólogo inglés Charles Burney ha acuñado "cultura transcaucásica temprana" (Early Transcaucasian Culture) como abreviatura de "cultura transcaucásica y anatólica oriental temprana".

Los límites de su expansión llegan por el noreste hasta más allá del Gran Cáucaso, en Chechenia y el norte de Daguestán, donde los sitios arqueológicos parecen ser posteriores a los de Subcaucasia (*). La frontera este es una línea desde el centro de Daguestán (Kayakent), a través de Najicheván (Kültepe), hasta la orilla occidental del lago Urmia (Göytepe). El área también abarca la Subcaucasia central -aparente núcleo de irradiación-, la región del lago Van y las fuentes del Tigris. El extremo oeste parecen formarlo Karaz, cerca de Erzerum, y algunos parajes en las fuentes del Kizil-Irmak (Halys). Esta cultura también penetró en el este y sudoeste de Georgia, Osetia meridional y, quizás, Osetia septentrional (1) . Se caracteriza por un incremento en la densidad de población y en el número de grandes poblados; establecimiento de poblaciones en las riberas altas de los ríos y en las laderas de las montañas; multiplicación de casas redondas, además de las rectangulares; aparición, hacia el fin del período, de grandes cámaras mortuorias coronadas por enormes túmulos; aumento en el uso de granos de cereal; cosecha con hoces de metal; desarrollo de la viticultura; uso de transporte rodado, caballos y mulas (1) .

A fines del III milenio a.C. se produjeron importantes cambios en el Cercano Oriente. La cerámica pulida -sobre todo negra, pero también en tonos suaves-, difundida en centros del Medio Oriente como Cilicia (Mersín), Siria del norte (Amuq II y I), Palestina (Khirbet-Kerak, Beth-Shan, Tabara-el Akrad), Irán noroccidental (Göytepe, Yaniktepe), etc., ha recibido el nombre genérico de "cerámica de Khirbet-Kerak". Se advierten horizontes totalmente similares a los de la meseta de Armenia o sus elementos característicos (3).

Burney ha correlacionado esta cultura con la presencia de los hurritas, sugerida en Kizzuwatna (la Cilicia clásica) hacia 2100, cuando se produjo la introducción de una cerámica pintada completamente diferente de los productos del Bronce Temprano III y con afinidades manifiestas con la cerámica de Siria septentrional. Esa cerámica pintada pudo derivarse de la región de Elazig-Malatiá (tercera fase de la "cultura transcaucásica temprana" o "cultura de Kura-Arax"). Su aparición en Cilicia -donde habría población indoeuropea (luvita) proveniente de Anatolia noroccidental hacia 2300- y en Siria -área de expansión semita muy anterior- se conecta con los nombres personales de Tell Chagar Bazar (río Habur), que datan de la época acadia (ca. 2200) (4).

Según el orientalista ruso Igor Diakonoff, la identificación de Khirbet-Kerak y Kura-Arax ha sido desestimada, y la ecuación mecánica de las áreas de Kura-Arax y de los hurritas es una simplificaciónv inaceptable: "Los establecimientos hurritas de Mesopotamia septentrional y de las áreas más allá del Tigris no han entregado hasta la fecha ninguna reliquia de la cultura de Kura-Arax. Por otro lado, no tenemos fundamentos para asumir que, por ejemplo, los ancestros de los chechenes o de los daguestaníes septentrionales fueran hablantes de las lenguas hurro-urartianas -a pesar del posible parentesco entre sus lenguas y el hurro-urartiano-, incluso aunque su territorio fuera incluido en el área Kura-Arax -en el sentido más amplio del concepto-" (5) .

Por su parte, el orientalista alemán Gernot Wilhelm también ha rechazado la identificación de Khirbet-Kerak sobre bases cronológicas: la cerámica precede en varios siglos a la primera evidencia documentada de los hurritas, cuya presencia en Siria está atestiguada en los siglos XIX-XVIII a.C. No obstante, acepta que la distribución de esa cerámica podría indicar movimientos similares a los hurritas, en los que quizás estuvieran involucrados los protohurritas (6).

Estas observaciones replantean el riesgo de identificar una cultura con una etnia determinada y dejan espacio para suponer, como es natural, que una cultura puede asociarse con una o más etnias. Diakonoff había admitido, con justeza, que "las culturas arqueológicas, distinguidas fundamentalmente sobre la base de tipos cambiantes de cerámica y otros artefactos, están condicionadas en su composición por un gran número de factores locales concretos, no siempre étnicos, y no pueden equipararse de manera simple con las unidades de clasificación étnica" (7) .

Sobre esta base, el orientalista georgiano Tamaz Gamkrelidze y el lingüista ruso Viacheslav Ivanov han sugerido que la cultura de Kura-Arax incluyó distintos grupos étnicos que crearon una cultura material similar con diferencias locales -por ejemplo, el tipo de entierro: túmulos vs. cremación-. Entre ellos habrían figurado los hurritas, los sudcaucásicos y ciertas comunidades étnicas indoeuropeas (8) .

LA COPA DE PLATA DE KARASHAMB

Un tesoro funerario del túmulo norte de Karashamb, en el norte de la República de Armenia, datado en los siglos XXII-XXI a.C. y perteneciente a la cultura de Kura-Arax, incluye una copa de plata labrada artísticamente que parece revelar lazos estrechos con las concepciones mitológicas indoeuropeas.

"Los temas mitológicos indoeuropeos expresados en las imágenes de la copa [de Karashamb. V.M.] están muy probablemente relacionados con su atribución etnocultural. El hecho de que dos piezas maestras relacionadas de la toréutica antigua hayan sido halladas en sitios sincrónicos de la cultura de Trialeti, sin tener contrapartidas cercanas fuera de los límites territoriales y cronológicos actualmente conocidos de esta cultura, puede testimoniar de por sí un origen local -en el sentido más amplio de la palabra- de las copas de Karashamb y Koruk-Tash, y de su afiliación con la cultura de Trialeti en la edad de bronce medio" (9).

La copa tiene seis bandas ilustradas que presentan una epopeya guerrera en un entorno de animales salvajes reservados a las cacerías rituales reales (leones, panteras o leopardos, ciervos): los preparativos de la guerra, la marcha al combate, la batalla, la decapitación de los prisioneros, su metamorfosis en lobos y la ofrenda del botín al monarca vencedor.

El primer registro muestra una caza de jabalí en dos fases: un perro persigue al animal, herido por una flecha y acosado por el león que le hace frente y por un leopardo. Completan la escena otros cinco leones y cuatro panteras o leopardos. El cazador, de perfil a la derecha, con la rodilla derecha en tierra, se prepara para lanzar una nueva flecha a la bestia negra, perseguida por tres leones y dos leopardos.

El segundo registro ilustra en tres escenas los preparativos de una batalla. Tres lanceros son precedidos por un sacerdote anunciado por tres músicos, uno de los cuales está sentado en cuclillas y toca la cítara, mientras los otros dos parecen soplar instrumentos de viento. Observan la escena siguiente, en la cual un "jefe" sentado en un trono, probablemente el mismo personaje que el cazador del registro anterior -hay un perro de caza a su lado-, se apresta a tomar la bebida ritual por el éxito de la batalla futura. Numerosos sacerdotes asisten a la escena; uno de ellos tiende una copa, otros dos levantan los brazos en actitud de plegaria. Otro sacerdote conduce un ciervo -con una luna creciente- hacia el sacrificio. Dos duelos oponen a un lancero con un soldado armado de una espada.

El tercer registro presenta en cinco "imágenes" el desarrollo del combate y de la victoria. En la primera escena, un lancero se apresta a matar a un jefe enemigo, desarmado, al que aferra por la cabeza; el vencido tiene una cola de lobo, que simboliza al condenado a la ejecución, resignado a su destino. La escena siguiente repite el mismo tema: un león real se inclina sobre un búfalo. En la tercera escena, los cadáveres decapitados de los vencidos están armados con espadas. También poseen la cola de lobo y un dios, monstruo con cabeza y patas de león y cuerpo de águila, los guía al reino de los muertos (10). En la cuarta escena, un lancero ultima al jefe de los portadores de espada, quien lleva una cola de vencido y está desarmado. La última escena representa al jefe-sacerdote-cazador sentado sobre un trono, blandiendo el hacha del poder supremo, con una pirámide de cabezas cortadas y las armas de sus enemigos ante él.

El cuarto registro es una ronda de leones y de leopardos alternados; el quinto, una orla de 38 filetes. El pie está adornado por el sexto registro, con cuatro leones y cinco leopardos.

Los tres primeros registros relatan una epopeya cuyo protagonista es un príncipe, a la vez cazador, sacerdote y dios-sol. Los otros tres podrían simbolizar el mismo esquema codificado, traspuesto al reino de los animales simbólicos: el león-rey representa al príncipe; el león-engendrador, al jefe de la tribu y fundador de una dinastía, mientras que la corona de filetes hace referencia al rey, divinizado y asimilado al sol (11) . Este príncipe parece combinar las tres funciones indoeuropeas: soberano y sacerdote (primera función), guerrero y cazador (segunda función), fertilidad (tercera función; el sol participa en esta última por su carácter benéfico) (12).

Una interpretación es que el héroe caza un jabalí con la ayuda de perros; los leones y leopardos simbolizan fuerzas sobrenaturales que apoyan al héroe en calidad de ancestros reverenciados. La muerte del jabalí inicia una cadena de hechos fatales que incluyen una guerra, quizás fratricida, que acaba con la muerte de muchos contendientes y la victoria de uno de los bandos. El arqueólogo armenio Vahán Hovhannisián ha planteado los siguientes paralelos indoeuropeos:

a) En la mitología griega, la caza del jabalí de Calidonia, enviado por Artemisa para castigar al rey Eneo, por su hijo Meleagro; la división de los despojos conduce a una disputa entre parientes y a una guerra que termina con la muerte del héroe. También cabe recordar la lucha entre Hércules y los centauros como derivación del combate con el jabalí de Erimanto.

b) En el "Cantar de los Nibelungos", Sigfrido es asesinado después de una cacería, donde su primera víctima ha sido un jabalí. En ciertas variantes, el héroe cae durante una cacería del jabalí, a quien sus asesinos atribuyen la muerte de aquél. Este episodio lleva a una guerra entre parientes: Krimhilda y Etzel contra los burgundios.

c) En la saga céltica "La historia del jabalí MacDato", el reparto del jabalí conduce a la lucha entre dos tribus irlandesas y a la muerte de muchos héroes. En el final de "La persecución de Dermot y Grania", durante la caza del jabalí Bann-Gulbain muere el héroe Dermot O'Dyna, como castigo por un crimen de su padre. Esto provoca una guerra entre sus hijos y los hombres de Finn, quienes habían organizado la cacería fatal.

d) En la mitología india, Harischandra, rey de Ayodhya, muere cazando un jabalí enviado por Vishvamitra para devastar su reino. Tras soportar distintas pruebas, llega finalmente al reino de ultratumba.

e) En la mitología armenia, la figura de Artavazd, hijo del rey Artashés, reúne trazos de una personalidad histórica y otra mítica. Según el historiador armenio Movsés Jorenatsí (siglo V d.C.), su padre lo maldice y desaparece en los abismos del monte Ararat mientras caza jabalíes y onagros, tras luchar varias veces con sus hermanos (13).

La caza del jabalí como tema mítico es un motivo prácticamente desconocido en las civilizaciones no indoeuropeas de Medio Oriente. La muerte de Adonis y Atis, dioses de la muerte y resurrección, por obra de un jabalí es una trasposición griega del mito mesopotámico de Dumuzi e Inanna (Tammuz e Ishtar, en Siria), donde no aparece este animal (14).

A pesar de sus reservas, Diakonoff ha continuado asociando la cultura de Kura-Arax con los hurritas: "Ciertos seguidores de Ivanov y Gamkrelidze han intentado probar que la cultura de Kura-Arax era indoeuropea, basando sus conclusiones sobre un origen supuestamente indoeuropeo de los mitos ilustrados en artefactos de Kura-Arax. Huelga decir que la difusión de un mito -admitiendo que su interpretación sea correcta- no se limita necesariamente a un área lingüística" (15).

No obstante, cada cultura aporta a los mitos elementos diferenciales; recordemos los intentos de Kumarbi -padre de los dioses en la mitología hurrita- por recuperar su trono, que no existen en el caso de Cronos, su contrapartida helénica, a la que ha influenciado notoriamente. Por lo tanto, en ese sentido, se limitan necesariamente al área lingüística hurrita.

"El análisis del tema de la copa de Karashamb confirma la presencia y la dominación de una masa indoeuropea entre los portadores de la cultura arqueológica de Trialeti-Kirovakán. Los rasgos que caracterizan la copa como utensilio valioso, al igual que muchas peculiaridades estilísticas de sus escenas, además de idiosincrasias artísticas visibles, revelan trazas definidas de la influencia de los centros culturales en Asia Menor y, en menor medida, Mesopotamia. Las zonas de contacto más probable con influencias culturales de Asia Menor y Mesopotamia son las regiones occidentales de la meseta de Armenia, cuya cultura, en opinión de B.B. Piotrovsky, debe asociarse con los restos de la provincia de Trialeti-Kirovakán, hasta ahora no explorados por los arqueólogos -esto es especialmente cierto para los restos de la Edad de Bronce Medio-. Es precisamente aquí donde, a fines del III / inicios del II milenio a.C., se genera un centro de acumulación y fuente de impulsos culturales, y de migraciones dirigidas al este de la meseta de Armenia, en la región entre el Arax y el Kura. Los grupos étnicos indoeuropeos tomaron una parte activa en estos procesos" (16).

LOS HURRITAS

Una inscripción muy fragmentaria de Naram-Sin de Acad (2254-2218), que se refiere a sus conquistas en la Mesopotamia septentrional y en la región del Tigris oriental, presenta topónimos con componentes hurritas. Otra inscripción ceremonial acadia hallada en Nippur tiene nombres (Shehrin-ewri) y rasgos hurritas. La presencia hurrita temprana en el Cercano Oriente puede aducirse a partir del sumerio ta/ibira ("trabajador del cobre"), para el que se ha aportado evidencias de un origen hurrita, y los préstamos de plantas de zonas no esteparias en el acadio.

En el período que siguió a la caída del imperio acadio surgieron reyezuelos locales en el norte mesopotámico, en la zona intermedia entre el llano y las montañas. De allí proceden dos textos de Tish-atal y Atal-shen, quienes se proclaman reyes de Urkesh y Nawar. La primera ciudad parece ser Tell-Amuda, donde se halló la inscripción de Tish-atal (la más antigua que existe en hurrita), mientras que Nawar se ubicaría al este del Tigris. La fecha varía entre principios del siglo XXI a.C. y mediados del siguiente. Esas formaciones estatales llenaban el vacío generado por la desaparición del imperio acadio, que aún no había sido ocupado por la III Dinastía de Ur.

El predominio hurrita en la alta Mesopotamia suele fecharse en el siglo XVI a.C.; sin embargo, el nacimiento del reino de Hanigalbat-Mitanni debe retrotraerse a mediados del siglo XVII a.C., en cuyo final se ha comprobado una gran incursión de los hurritas de Hanigalbat durante el reinado de Hattusilis I de Hatti, ocupado en una expedición en el oeste, quien los venció con dificultad. No obstante, se aseguraron el control del territorio entre el Tauro y el Eufrates.

Mursilis I, hijo de Hattusilis, fue famoso por su campaña de 1595 contra Alepo y Babilonia; la metrópoli mesopotámica fue arrasada y quedó a merced de un pueblo proveniente de Irán, los casitas. La profunda crisis que sufrió el reino antiguo hitita después de su asesinato favoreció el surgimiento de Mitanni como potencia dominante durante los tres siglos subsiguientes, hasta su desaparición hacia 1270.

Durante la crisis de Hatti (siglos XVI-XV a.C.), cuando Mitanni estaba en el cenit de su poderío, en la meseta de Armenia y el Alto Eufrates se formó una serie de pequeños reinos: Tegarama, Zazzisa, Alha, Armatana, Arawanna, Ishuwa y otros.

Estas unidades políticas fueron conquistadas por Hattusili II. No hay referencias directas al respecto, pero en el reinado de su sucesor, Tudhaliya III (1400-1380), esos pequeños reinos se liberaron, lo que significa que Hattusili II los había ocupado. Durante esta época de antagonismo, el territorio del alto Eufrates y la meseta de Armenia fue protegido por los reyes mitanios, y las entidades políticas allí creadas tuvieron orientación mitania. Esto se explica porque en la zona gobernaban, en su mayoría, dinastías hurritas (17). Supiluliuma II (1380-1340), hijo de Tudhaliya III, reconquistó Ishuwa y los demás países citados, con lo que la región pasó a constituirse en un punto de apoyo para los hititas.

Ishuwa, localizada al este de la confluencia de las dos ramas del Eufrates, fue particularmente importante en este período por su posición estratégica y por el dominio de las minas cupríferas de Ergani-Maden. Poblaciones de habla indoeuropea parecen haber infiltrado su territorio en el III milenio, como lo indican los hallazgos de huesos de caballos en Koruçutepe y Norsuntepe, correspondientes al calcolítico tardío y a la edad de bronce temprano (18). Es posible que su herencia haya sido recogida por elementos hurritas a mediados del II milenio (19); el nombre Ishuwa parece derivarse del término "caballo" (i.e. *ek'wo > luvita jeroglífico asuwa "caballo", arm. esh, genitivo ishoy "burro"; cf. hurrita eshshi, ishshiya "caballo"), en tanto que una de sus principales divinidades era el dios atmosférico hitita Pirua, cuyo símbolo era el caballo (20).

Uno de los hechos más salientes del reino de Mitanni es su relación con el elemento indoeuropeo. Sus reyes tenían nombres indoiranios (Shuttarna, Dushratta, Mattiwaza, etc.), junto con un segundo nombre hurrita, al igual que ciertos príncipes de Siria, y adoraban, entre otras, a algunas divinidades de aquel origen (Mitrasshil, Uruwanasshil o Arunasshil, Indra, Nasatyana). Una dinastía indoirania parece haber tomado la conducción de tribus hurritas en la zona de Urmia y creado Mitanni, cuyo nombre se habría derivado de los matienos, tribu localizada al sudoeste de ese lago (21).

Según el orientalista italiano Mario Liverani, en el marco de la crisis urbana hacia 1800, "una primera oleada de protoindoiranios llegó precozmente al extremo suroeste de Irán (poco después del comienzo de la crisis y de la reestructuración demográfica), para irrumpir en el Creciente Fértil con los portadores de nombres indoiranios del ambiente de los maryannu y Mitanni, y con la difusión del carro de guerra ligero y los caballos" (22).

La cría de caballos era conocida en el III milenio a.C. en Armenia y en las zonas montañosas de Irán. Un manual para su cría, escrito por el hurrita Kikkuli en el siglo XIV a.C. -conservado en traducciones al hitita y al acadio-, incluye siete glosas indoiranias (cinco números y dos nombres comunes). Varios términos para caballos, en uso hacia el siglo XIV a.C. en Nuzi, son de origen indoiranio cierto o presunto, y junto con los vocablos técnicos de Kikkuli permiten suponer que los indoiranios tenían experiencia al respecto. Una combinación de estas habilidades ecuestres y el uso del carro de dos ruedas sin dudas contribuyó a la expansión de Mitanni, aunque no deben omitirse las técnicas de sitio y el uso del arco compuesto.

Al redactarse ese manual, sin embargo, el indoiranio no era una lengua viviente; sus hablantes ya se habían fusionado con los hurritas, quienes poseían escritura y un nivel cultural relativamente más alto. El idioma infiltrado allí era un dialecto del indoiranio anterior a su división, con características que sólo aparecieron en las lenguas de la India en el I milenio a.C. y de las que el sánscrito carece. En consecuencia, se ha sugerido que debió relacionarse con el kafir, un grupo lingüístico intermedio entre el indio y el iranio, que sólo se preserva en los valles montañosos del noreste de Afganistán y en Cachemira. Se lo considera la primera rama que se separó del indoiranio y entró en su solar histórico. Es posible que se difundiera por la meseta de Irán antes de que oleadas posteriores lo absorbieran en la segunda mitad del II milenio a.C. (23).

El orientalista argentino Bernardo Gandulla ha enunciado una hipótesis sobre la base del modelo de la "oleada de avance" (Ammerman y Cavalli-Sforza), fundado en la expansión de una comunidad lingüística por motivos de subsistencia, con tecnología superior de explotación que permite la imposición de la agricultura y la ganadería (24). Hacia 6500, un movimiento de agricultores y pastores habría partido desde Çatal Hüyük -donde Renfrew localizó el hogar original indoeuropeo-, llegando al sur del mar Caspio, tras bordear el Cáucaso, alrededor del 4000. En su trayecto, en un proceso de integración con los protohurritas, esa oleada generó una etnia híbrida ("indohurrita") por sustitución lingüística.

En el III milenio, una saturación poblacional en la región de confluencia habría provocado un nuevo desplazamiento, hacia el centro y sur de Irán y hacia Pakistán, y el de otra rama en dirección oeste (25). Esta última, la "indohurrita", habría dado origen a Mitanni e incluía elementos indoiranios residuales: "A mi juicio esta posibilidad podría establecerse a partir de las formas sincréticas de las divinidades conocidas por documentos históricos, las relaciones de parentesco a nivel de las elites gobernantes, la onomástica y algunos aspectos de la estructura político-social (como el caso y situación de los maryannu)" (26).

Aunque la cronología de Renfrew ha sido fuertemente criticada y un movimiento indoeuropeo en fecha tan temprana (VII-V milenio a.C.) es improbable, pensar a los hurritas como resultado de una hibridación y no de un proceso simbiótico (superestrato indoiranio y substrato hurrita) parece una salida razonable para elucidar el problema de Mitanni.

Esa hibridación puede haberse producido a través de elementos indoiranios que bajaran al Asia Anterior por el este de Subcaucasia a principios del II milenio a.C., ocupando espacios en la zona de Urmia. Es factible que, tras separarse de la unidad armeno-greco-irania latente en la cultura de Kura-Arax, la interacción con hurritas provocara ese proceso.

El origen de los carros de guerra continúa siendo problemático. Ni la Mesopotamia, ni Siria disponían de la madera y de los equinos necesarios para desarrollar los carros de dos ruedas que constituyeron la fuerza de choque principal en las grandes contiendas de la Edad del Bronce. Su primer uso como arma de guerra y más específicamente táctica data de la segunda mitad del siglo XVII a.C.: conductores de carros aparecen con los ejércitos de Hattusilis I de Hatti, Yarim-lim III de Alepo y los hicsos que conquistaron Egipto (27). Estas referencias son casi simultáneas al surgimiento de Mitanni y puede suponerse que, al menos en los casos de Hattusilis I (y su sucesor Mursilis I) y de los hicsos, el uso de carros fue el factor que permitió sus éxitos militares.

El carro de guerra se considera en la actualidad como un desarrollo del Cercano Oriente y no, como antes, una importación de los indoiranios (28). Es posible que los hurritas lo perfeccionaran y fueran sus difusores. A la vez, pudieron tomar sus conocimientos, junto con la materia prima -maderas y caballos- de una fuente inmediata: Armenia.

Según el faraón Amenofis II (1450-1425), la madera de su carro provenía "del país de Naharin" (29). En sus inscripciones, Tutmosis I (1526-1512) y Tutmosis IV (1425-1417) designan a Mitanni como Nahrina, término que se identifica con el Aram Naharaim bíblico y ha sido explicado como "país de los ríos" (semita nahr, "río") (31). Su lectura correcta parece ser Nahraini "ríos mellizos" (32). Evidentemente, la madera debía provenir de la zona al norte de Mitanni, es decir, Armenia, pues la Mesopotamia carece de vegetación arbórea. Estudios modernos han determinado que la fabricación de un carro egipcio del siglo XIV a.C. fue realizada con madera del área limitada al este por el mar Caspio y del sur al oeste por una diagonal trazada desde la ribera meridional de ese mar hasta la costa del mar Negro en la vecindad de Trebizonda (30).

Los vehículos hallados en los túmulos de Lëchashén (ca. 1500), a orillas del lago Seván, al este de la República de Armenia, han revelado el grado de avance de la manufactura de la región, que empleaba la madera local (roble, olmo, haya y pino) como materia prima. Los carros de dos ruedas difícilmente hubieran sido introducidos allí desde Mitanni, sino que con mayor posibilidad constituyeron un desarrollo autóctono (33).

EL ARMENIO Y EL HURRITA

El hurrita se escribió desde la segunda mitad del III milenio hasta el siglo XII a.C. y se habló hasta que en el I milenio a.C. lo desplazó el arameo. Junto con el urartiano, constituye una familia aparte dentro de las lenguas del Asia Anterior. Urartú aparece en el siglo XIII a.C., cuando el hurrita estaba ampliamente difundido. Este último continuó en uso entre los siglos IX y VI a.C., fecha de registro del urartiano. Ambas lenguas son ramas de una lengua madre, ya separadas hacia el III milenio. Hay variaciones gramaticales, fonéticas y léxicas significativas: la conjugación, la negación y la sintaxis son totalmente diferentes, la declinación de los sustantivos muestra variantes, y aparecen divergencias notorias en el léxico (34).

Según Diakonoff, las palabras de origen hurrita en el armenio son términos de sustrato referidos a plantas, animales e instituciones sociales locales durante el primer milenio a.C. (35). Sin embargo, como dice el lingüista armenio Guevorg Djahukián, "los contactos armenio-hurritas probablemente debieron haberse fortalecido desde los tiempos de poderío del estado hurrita-hablante de Mitanni, a partir del siglo XVI-XV a.C. No sería correcto explicar las coincidencias léxicas por contacto de los armenios con remanentes tardíos de los hurritas o por medio del urartiano emparentado con el hurrita" (36).

El término armenio jorr ("avaro"), citado por única vez en un comentario del Evangelio de San Marcos del siglo XIII, es muy interesante (37). Su origen, según el orientalista armenio Grigor Ghapantsián, es el etnónimo hurri; en ciertos lugares, los hurritas debieron ser mercaderes astutos, característica que los armenios registraron (38). Esto debió ser producto de un contacto directo y prolongado cuando los hurritas eran protagonistas en el plano internacional, es decir, antes del siglo XII a.C. De ese mismo etnónimo, recordemos, se derivó el adjetivo sumerio hurum ("loco")(39).

El contacto armenio-hurrita incluye los siguientes préstamos:

1) Arm. jëndzor ("manzana"), hurr. hinzuri ("manzana, manzano") (40)
2) Arm. nurn ("granada"), hurr. nuranti ("granada") (41)
3) Arm. tul't (tught, "malvavisco"), hurr. tuldi ("cierta planta") (42)
4) Arm. jal'ol' (jaghogh, "uva"), hurr. haluli ("cierta fruta") (43)
5) Arm. anag ("estaño"), hurr. anagi ("estaño") (44)
6) Arm. salor ("ciruela"), hurr. salluri ("ciruela") (45)

Estos términos no aparecen en el vocabulario urartiano y, por lo tanto, se catalogan como hurritas sólo de manera convencional. Viceversa, ciertos préstamos del urartiano al armenio figuran como tales por su ausencia en el hurrita. En esencia, el problema es la escasez de material léxico de ambos, lo cual impide una determinación cierta y firme de su relación con el armenio.

Por el mismo motivo, la falta de términos armenios en el hurrita, aducida por Diakonoff como prueba del carácter tardío de la presencia armenia en su solar histórico (46), es relativa.


Notas (para volver al texto oprima <-- en su navegador)

(*) Usamos el término neutro "Subcaucasia" para designar la región al sur de los montes Cáucaso. La forma habitual, "Transcaucasia", es geográficamente inexacta pues designa la región con una visión centrada en Moscú.

  1. Igor Diakonoff, The Prehistory of the Armenian People, Delmar, 1984, 9.
  2. Cf. Thomas Gamkrelidze y Viacheslav Ivanov, Indo-European and the Indo-Europeans: A Reconstruction and Historical Analysis of a Proto-Language and a Proto-Culture, vol. I, Berlín, 1995, 789. El entierro en túmulos hacia 3500 en la zona esteparia donde confluyen los ríos Kura y Arax (Uch-tepe, Mingechaur, Bedeni) ha sido considerado prueba de infiltraciones indoeuropeas en el Cáucaso desde la zona de la estepa póntico-caspiana (Shan Winn, "Burial Evidence and the Kurgan Culture in Eastern Anatolia c. 3000 B.C.: An Interpretation", Journal of Indo-European Studies [Washington], Spring-Summer 1981, 116-118). No se descarta que haya sido un desarrollo local (cf. James Mallory, In Search of the Indo-Europeans. Language, Archaeology and Myth, Londres-Nueva York, 1992, 231-233).
  3. Harutiún Martirosián, Emma Janzadián e Igor Diakonoff, "La edad del bronce temprano en Armenia", en Historia del pueblo armenio, t. I, Ereván, 1971, 139 (en armenio).
  4. Charles Burney y David M. Lang, The Peoples of the Hills. Ancient Ararat and Caucasus, Londres, 1971, 48-51. Para una hipótesis sobre las oleadas hurritas, cf. Igor Diakonoff, "Evidence on the Ethnic Division of the Hurrians", en M. A. Morrison y D. I. Owen (eds.), Studies on the Civilization of Nuzi and the Hurrians, vol. 1, Winona Lake, 1981, 88-89.
  5. Diakonoff, The Prehistory, 10, 145.
  6. Gernot Wilhelm, The Hurrites, Londres, 1994, 6.
  7. Diakonoff, The Prehistory, 3.
  8. Gamkrelidze e Ivanov, Indo-European and the Indo-Europeans, 33-34. Sobre el tema de la presencia indoeuropea a fines del III milenio a.C., cf. Vartán Matiossián, "Soles y orígenes: el mito armenio de la Creación", Transoxiana (Buenos Aires), vol. 2, 2001 (www.salvador.edu.ar/transox/0102/soles.html).
  9. Cf. V. E. Oganesián [Hovhannisián], "A Silver Goblet from Karashamb", Soviet Anthropology and Archaeology (Armonk), Spring 1992, 99. Otra copa de tipo similar se ha descubierto en un túmulo de Koruk-Tash, en Trialeti; para un analisis, cf. G. E. Areshián, "Tema indoeuropeo en la mitología de la población entre el Kura y el Arax en el II milenio a.n.e", Vestnik Drevnei Istorii, 4, 1989, 84-102 (en ruso).
  10. Cf. la representación del dios sumerio Imdugud (babilonio Anzu), ave tempestad que roba a Enlil las tablillas del destino (Charles Roux, Mesopotamia. Historia política, económica y cultural, Madrid, 1990, 213; Myths from Mesopotamia. Creation, The Flood, Gilgamesh, and Others, traducción de Stephanie Dalley, Londres, 1992, 203-227).
  11. Hakob Simonián, "Pasteurs et chefs de guerre au Bronze moyen (XXIIIe-XXII siècle avant J.-C.)", en J. Santrot (ed.), Arménie. Trésors de l'Arménie ancienne, París-Nantes, 1996, 65-66 (noticia de Ashot Pilipposián y Jacques Santrot).
  12. Jean Haudry, Les indoeuropéens, París, 1985, 75.
  13. Oganesián, "A Silver Goblet", 97-99.
  14. Cf. James Frazer, The Golden Bough, Londres, 1993. 327, 347 (hay traducción castellana: La rama dorada, Fondo de Cultura Económica, México).
  15. Igor Diakonoff, "Language Contact in the Caucasus and the Near East", en T. Markey y J. Greppin (eds.), When Worlds Collide. Indo-Europeans and Pre-Indo-Europeans, Ann Arbor, 1990, 65.
  16. Oganesián, "A Silver Goblet", 99-100.
  17. Hrayr Avetisián, "La meseta de Armenia en el ámbito de las relaciones bélico-políticas hurro-hititas", Patma-Banasirakán Handés (en armenio), 1-2, 1996, 226 (en armenio).
  18. Winn, "Burial Evidence and the Kurgan Culture", 116.
  19. Mallory, In Search of the Indo-Europeans, 232.
  20. Armén Petrosián, El mito de Aram en el contexto de la mitología indoeuropea y el problema del etnogénesis armenio, Ereván, 1997, 149-150 (en armenio).
  21. Igor Diakonoff, "Los arios en el Cercano Oriente: fin del mito", Vestnik Drevnei Istorii (Moscú), 4, 1970, 61-62 (en ruso). Se atribuye el préstamo en el armenio de marmín ("cuerpo" < sánsc. marman "miembro; parte indefensa del cuerpo" < i.e. *mel "miembro") y djamb ("alimento", djambem "alimentar trozando; dar de comer, cuidar" < sánsc. jambhate "toma con los dientes" < i.e. g'embh "masticar") al período de relaciones entre Mitanni y Azzi-Hayasa (siglos XV-XIII a.C.), país ubicado al noroeste de la meseta de Armenia, con población parcialmente de habla armenia (Guevorg Djahukian, "Did Armenians Live in Asia Anterior Before the Twelfth Century B.C.?", en T. Markey y J. Greppin, When Worlds Collide, 30).
  22. Mario Liverani, El antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía, Barcelona, 1995, 700.
  23. Diakonoff, "Language Contact", 64-65.
  24. Colin Renfrew, Archaeology and Language. The Puzzle of Indo-European Origins, Londres, 1989, 124-131 (hay traducción castellana: Arqueología y lenguaje. El enigma de los orígenes indoeuropeos, Crítica, Barcelona).
  25. Cf. Mallory, In Search of the Indo-Europeans, 39-40.
  26. Bernardov Gandulla, "Los indo-hurritas en el Cercano Oriente antiguo (IV a II milenio a.C.). Problemas actuales para su estudio", Orientalia Argentina (Buenos Aires), vol. XI, 1994, 57-61.
  27. Robert v Drews, The End of the Bronze Age. Changes in Warfare and the Catastrophe ca. 1200 B.C., Princeton, 1995, 104-106.
  28. Wilhelm, The Hurrites, 19.
  29. Cf. Roger T. O'Callaghan, Aram-Naharaim. A Contribution to the History of Upper Mesopotamia in the Second Millennium B.C., Roma, 1963, 134.
  30. Robert Drews, The Coming of the Greeks. Indo-European Conquests in the Aegean and the Near East, Princeton, 1989, 120.
  31. Abraham Malamat, "Siria y Palestina en la segunda mitad del segundo milenio", en E. Cassin, J. Bottéro y J. Vercoutter (eds.), Los imperios del antiguo Oriente, vol. II, Madrid, 1983, 158, 163; Wilhelm, The Hurrites, 24, 28.
  32. Diakonoff, The Prehistory, 185.
  33. Cf. Burney y Lang, Peoples of the Hills, 105-106.
  34. Wilhelm, The Hurrites, 4. Cf. M. Khachikyan, "Sur la characteristique typologique de l'Hourrite et l'Ourartien", en D. I. Owen (ed.), Studies on the Civilization and Culture of Nuzi and the Hurrians, vol. 7, Winona Lake, 1995, 21-27.
  35. Diakonoff, "Language Contact", 65, cuyos paralelos vinculados con instituciones sociales (arm. al'j [aghj] "linaje", hurr. allae "señora", * alla(e)hhi "señorial"; arm. al'ajín "sierva", hurr. *alla(e)hhini "ecónomo, ecónoma"; arm. tzará [tzaray], hurr. sarre "botín") (Diakonoff, The Prehistory, 186) son semánticamente improbables.
  36. Guevorg Djahukián, Conversaciones sobre la lengua armenia, Ereván, 1992, 37 (en armenio).
  37. Hrachiá Acharián, Diccionario etimológico armenio, vol. II, Ereván, 1973, 399 (en armenio).
  38. Grigor Ghapantsián, Historia de la lengua armenia, vol. 1, Ereván, 1961, 114 (en armenio). Cf. Guevorg Djahukián, Historia de la lengua armenia. Período prelítero, Ereván, 1987, 425 (en armenio).
  39. Samuel Kramer, The Sumerians, Chicago, 1963, 287.
  40. Ghapantsián, Historia, 112-113; Neshán Mardirosián, "Una contribución a la lexicología hitito-armenia", Patma-Banasirakán Handés (Ereván), 2, 1972, 176 (en armenio); John Greppin, "The Anatolian Substrata in Armenian-An Interim Report", Annual of Armenian Linguistics (Cleveland), vol. 3, 1982, 71; Igor Diakonoff, "Acerca de la prehistoria de la lengua armenia (de hechos, testimonios y lógica)", Patma-Banasirakán Handés (Ereván), 4, 1983, 165 (en ruso).
  41. Diakonoff, "Acerca de la prehistoria", 165. Alternativamente, nurn puede derivarse del acadio nurimdu ("granada") (Djahukián, Historia, 426).
  42. Ghapantsián, Historia, 112; Djahukián, Historia, 425.
  43. Guevorg Djahukián, "Etimologías", Banber Erevani hamalsaraní (Ereván), 2, 1983, 92-93 (en armenio).
  44. Djahukián, Historia, 425.
  45. Igor Diakonoff, "Ancient Near Eastern Substrata in Armenian", Annual of Armenian Linguistics (Cleveland), vol. 3, 1982, 17.
  46. Diakonoff, "Language Contact", 65.


Prof. Vartán Matiossián

Transoxiana 3 - Noviembre 2001

 

 

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25 de Febrero de 2007

AL ÚNICO - William Saroyan

Cartas desde la Rue Taitbout

Al Ünico: Señor, mi casa, en el número 74 de la rue Taitbout, distrito IX de París, detrás de la Trinité, ocupa el quinto piso de este viejo edificio con el que me he encariñado, a pesar de que se cae a pedazos.

Tiene un recibidor, de baldosas, detrás del cual hay una estrecha cocina. La parte de atrás de la casa consiste en un comedor en el que nunca he comido, el cuarto de baño y una gran habitación en la que guardo librotes y otros tesoros terrenales.

Nos queda ahora la parte de adelante, dos habitaciones, cada una con su pequeña chimenea.

Mi estudio es la habitación de la chimenea apagada. En la habitación contigua hay una gran pianola y, encima de la pianola, montones de libros. También hay un gran tablero graduable de aluminio, que yo uso a modo de caballete cuando se me antoja pintar.

Pinto cosas para mirarlas después; pero son cosas que no parecen cosas, a no ser que el que las mire se empeñe en que lo parezcan.

-Eso es un caballo -dice-, ¿verdad?

Las dos habitaciones de delante se convierten en una sola cuando se abre la doble puerta por la que se comunican. Esto es una gran ventaja; porque cuando he terminado mi trabajo me gusta pasar del escritorio al piano. También me gusta ponerme delante del tablero y pintar cuadros a la acuarela en grandes hojas de papel barato y en apenas dos minutos. También me gusta tener una segunda mesa a la que acercarme de vez en cuando para examinar una piedra, o a la que sentarme a comer y beber, usando de mantel un periódico viejo, porque siempre hay algo interesante en la página, cualquiera que sea la sección del periódico.

Tengo una pequeña radiogramola portátil en la segunda habitación, a la que unas veces llamo la salita de música, y otras veces, la biblioteca cuando digo a alguien: "¿quiere que pasemos a la biblioteca?" Hago que suene como si lo dijera en serio, y el otro se cree que soy un cursi o que estoy un poco chiflado.

Detrás de estas dos habitaciones de delante que son casi una sola habitación, en donde vivo y trabajo, está tal vez lo mejor de la casa: a todo lo ancho de las dos habitaciones discurre una especie de terraza, con una especie de cobertizo en un extremo, donde se guarda la leña y donde cuando llueve copiosamente yo puedo ver, oír y tocar la lluvia. La terraza tiene una barandilla de hierro de diseño muy sencillo, pintada de negro. El ancho de la terraza es de un metro y medio, y de largo, de unos doce.

Otras personas que ocuparon este lugar pusieron vallas de bambú, para estar aislados; porque, naturalmente, los vecinos de enfrente pueden ver a todo el que se asome a la terraza. El barbero de abajo me ha dicho que uno o dos inquilinos pusieron hasta plantas y arbolitos en macetas.

Lo cierto es que cuando, hace siete años, me instalé en la casa, encontré un gran rollo de cerca de madera pudriéndose en un rincón del cobertizo. Me sirvió para encender el fuego durante todo el invierno. Y había también tres macetas, las tres llenas de tierra, por lo que cuando hace unos días descubrí en la despensa unos ajos que estaban echando brotes los planté en las macetas y ahora estoy esperando a ver qué pasa.

Señor, te ruego que me perdones por contarte estas cosas en un momento en el que hay en el mundo tantas tribulaciones y tanta desvergüenza. Siento mucho lo de las tribulaciones y la desvergüenza; pero, por lo visto, no puedo hacer nada para remediarlas, a pesar de que, como tú recordarás, era lo que yo trataba de hacer cuando, hace casi cincuenta años, empecé a escribir.

William Saroyán

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13 de Febrero de 2007

NOCHE DE OTOÑO

Avedís Aharonián

El autor de este cuento es uno de los mayores literatos de Armenia. Sus gestiones en pro de la libertad armenia le han valido mil persecuciones. En este relato vivaz y lúgubre se encuentran las cualidades de intensidad y fuerza que caracterizan su obra.

 

En el oscuro día de otoño una carreta avanza por la carretera sucia y desierta dando tumbos, tirada por un caballo raquítico y cansado. El animal clava ante sí sus ojos tristes, evocadores de su existencia penosa y miserable, existencia en la que cada instante ha sido una historia sombría. Adivinase al verle que la pobre bestia ha arrastrado durante largo tiempo cargas superiores a sus fuerzas; que ha sido golpeada y fustigada y que ha sudado la gota gorda sin tener nunca un buen alimento.            Arrastra la horrible carreta sin saber adónde ni por qué. Sabe solamente que le es forzoso arrastrarla mientras dure este camino sucio y desierto. Y camina  anhelosa, suspirando, como hacen muchas veces los ancianos.            No tiene fin este camino.            Van cinco en la carreta: el propietario del carro y del caballo, hombre flaco y encorvado bajo el peso de su gorra de astrakhán; un cantor popular ashough, vieho y ciego, y tres aldeanos a quienes el mismo destino ha lanzado por esta carretera indefinible.            ¡Y aquel camino!..... Las cuatro ruedas dan vueltas trabajosas y como a su pesar en el fango comacto y pegajoso...            Arriba, el cielo negro, cargado de nubes pesadas y espesas.            Más abajo, los cuervos sombríos surcan el aire húmedo con fúnebres graznidos.            -¡Vino! ¡Dadme vino!            El cántaro lleno de vino turbio dá la vuelta pasando por las callosas manos -con triste gorgoteo- su contenido entre los labios; llénanlo de nuevo para vaciarlo de la misma suerte, y así contínuamente.            El que sirve es un hombre de grandes y espesos bogotes, de cabellos grises, de cara severa en cuyos ojos chispea un relámpago extraño. Sentado sobre el odre que sostiene con la mano derecha, llena el único recipiente y lo pasa ya al uno ya al otro.            Y no tiene fin la carretera y sucia y desierta. A lo lejos no se vé sino un horizonte agrio, sombrío e impenetrable. Arriba el cielo negro, amenazante con toda su pesadumbre de acero. En la atmósfera cargada de lágrimas, cuervos tenebrosos, con gritos estridentes e insensatos, dan vueltas y vueltas locamente por sobre las cabezas de los viajeros.            -¡Vino! ¡Dadme vino! Que el diablo cargue con el sol: ni un rayo de su luz nos calienta. El aire está mojado; tengo frío; el cielo está ciego. ¡Vino! ¡Dadme vino!            Y el hombre de fuertes bigotes, de severo rostro, sujetando el odre con la mano derecha, hace circular el licor turbio y rojizo para recalentar sus pobres cuerpos temblorosos. Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que el cielo no les ha sonreído, que el sol no ha brillado para ellos.            Sólo los cuervos, los cuervos repugnantes, los acompañan con gritos secos e implacables.            Partieron muy de mañana en el carro del camarada.            A mediodía estaba vacio el odre; lo llenaron en una posada del camino, y habiendo encontrado al viejo cantante, lo acogieron; después el carro se movió otra vez tras el flaco y fatigado rocín de ojos tristes que marcha respirando trabajosa y ruidosamente, ensanchando sus costillares filosos para romper la compacta masa del lodo.            Cae la noche lentamente, dura y fría. Una de esas noches de otoño que parecen salir rastreras de las tinieblas profundas de las selvas y de los valles sombríos y que parecen querer ahogar en su húmedo seno toda vida, toda voz, todo ruido.            El vago murmullo de los bosques cercanos, oprimido bajo el peso del cielo lúgubre, se extingue poco; muere el ruido de las hojas; las vertientes de la montaña se cubren lentamente con un manto de brumas de mil pliegues; y enmudecen también las órbitas ciegas apuntadas hacia el infinito, donde incoherentes formas se pliegan y se mezclan, suben, luego bajan, -y siempre avanzan con los viajeros.            Y estos siguen avanzando ...            Un día, un día maldito en el cual ya no era posible el sufrimiento, instigados por la inmensa agonía, desertaron de los hogares, donde se amontonaban los hijos desnudos, flacos y canijos; donde en un rincón sombrío lloran el pálido ensueño de un pedazo de pan seco.            Han errado por las aceras duras e inhospitalarias de las grandes ciudades; han mendigado de casa en casa; se han doblado bajo pesos enormes; han clamado ante los muros de granito de los lujosos palacios; se han inclinado ante los señores agrios y disolutos; se han revolcado en el lodo y en la suciedad; -y siempre para obtener un pedazo de pan seco. Por la noche, abatida la frente, doloridos los huesos, amargada el alma, tuvieron que bajar a las cavas oscuras y húmedas; le freciso cantar las canciones tristes de su país ante una linterna negra y sin luz. Han llamado la maldición sobre su nacimiento y sobre su vida para adormecerse enseguida con nuevas ilusiones y volver a cargar el día siguiente el fardo que les esperaba. Han trabajado, pero han quedado siempre hambrientos; -han vertido sudor copioso, pero jamás han cosechado.            Y ahora regresan con las manos siempre vacías como a la partida, para ir a esconder bajo el techo paternal sus huesos quebrantados, su existencia despreciada y rota. La amargura atormenta sus almas, y la cólera se oculta, latente, bajo sus cráneos.            -Haz andar esa bestia un poco más ligero, grita al cochero el hombre de poblados bigotes; -son diez hijos los que nos esperan con la boca abierta y con buenas muelas para mascar. Son numerosos. Apura, a fin de que lleguemos pronto y que ellos se multipliquen para arrancarse las carnes unos con otros. ¡Ay de mí!  ¡Maldito sea el mundo!  ¡Nacemos para morir como perros!            Están furiosos y no saben sobre qué cosa derramar su rabia. La dicha es para ellos algo oscuro, simepre inalcanzable, siempre incomprensible. ¿Y el mundo, ese monstruo gigante como vencerlo? Quisieran romperlo, incendiarlo, demolerlo. Quisieran hacer llorar sin piedad; hacer sufrir, y mofarse de todo con una carcajada diabólica. Quisieran volcar el mundo con brazo poderoso y arrojarlo en la nada, para contemplar desde arriba su caída precipitada y las nubes polvosas que se desprendieran de los seres abismados; para respirar voluptuosamente en la masa horrible de ruinas; para lanzar entonces una gran carcajada demoniaca. Pero no pueden hacerlo..... Es necesario beber para ahogar el fuego que consume sus almas. Y beben...            -Vino, dadme vino.             Sentados en el borde del tandur (o thonir es el horno armenio; hecho de kaolín y cavado en el piso de una pieza de la casa, allí se mantiene el fuego en invierno y se sientan en los bordes, los pies colgando, para calentarse y hablar) los chicos, desnudos los esperan. No hay pan en la alforja. Del techo cae gota a gota una agua negra y puerca. La puerta de la casa está asediada por el receptor de los impuestos. El invierno está allí. Las montañas cubiertas de nieve parecen pestañar monstruosamente. Mira a los lejos, mira cuanto quieras; no ves sino una extensión desierta y sórdida donde los animales mismos no encontrarían alimento. Inmensa aflicción!Es una visión maldita que es preciso desfigurar, cubrir con vino, para crearse en su lugar nuevas ilusiones. Beben y las ilusiones no aparecen... la cruel visión está fija en sus miradas como un monstruo devorador que atrae y engulle.            -Vino! Dadme vino!            El cántaro lleno se encuentra de nuevo tendido hacia las manos del viejo músico ciego.            -Toma, maestro, y canta una canción dolorosa.            Toma el cántaro en sus manos temblorosas y se vierte su contenido en el fondo de la garganta, y enjuagándose los labios con la manga, saca su violín.            -Cántanos algo de la miseria y del dolor.            Y, fijas las órbitas vacías en el cielo ensombrecido, templa el instrumento y las cuerdas principian a llorar.            Canta...            Canta el cielo gris que se cierne sobre las cabezas; canta el desfile de los negros cuervos en el espacio sombrío y solitario; canta la muerte sin resurección de la luz en ámbito silencioso de la inmensidad.            Canta la inmensa angustia arrodillada ante la vida; canta el sudor negro caído en el lodo; canta la cólera soberana en las almas destrozadas por los sufrimientos.            Canta el dolor grande y silencioso de los vencidos; canta la tempestad de las almas procelosas donde se quiebran relámpagos y la indignación de los corazones inflamados en los cuales se arremolinan huracanes.            Desesperado solloza el violín desatinadamente, como la pobreza extraviada en los caminos desiertos cuando el viento nocturno gime en el bosque de cañas amargas.            Y a la vera del camino, inclinado sus airones como ancianos pensativos, las cañas escuchan esos gritos de furor y de desesperanza. Por sobre el bosque las desnudas rocas de las cimas montañosas miran, con sus cuencas inmóviles, el sórdido camino por donde pasa la procesión del canto, del vino y de la miseria, y, mirándola, canjean con las nubes pensamientos eternos.            Las cabezas vuelven a caer sobre los pechos; punzantes gritos se elevan y uniéndose como hermanos a los sones del violín, van a abofetear la faz y sombría del cielo.            -Vino!  Dadme vino!            El cántaro, lleno del turbio licor, hace nueva ronda. El hombre de los grandes mostachos pásase la mano por la frente y murmura alguna cosa que no es ni una canción ni una maldición; riñe a alguien sin saber a quién ni por qué. Los puños se levantan como una amenaza y no sabe contra quién. Los dientes crujen feroces. Alguien entona con voz cascada una canción desconocida que se convierte en llanto. Gruñe otro, apretando hasta dañarlo el brazo de su vecino. Y el conductor fustiga el animal, deja caer las y escupe al cielo como un loco.            -Hola, hermano! Ven acá. Seremos seis en vez de cinco; hay sitio; ven!           Un hombre va por el camino con dar lento y fatigado. Una levita militar, muy raída, gastada, le cubre de arriba abajo. Su cabeza le abriga un gorro de cerda. Apoyado en largo bastón, lleva viejos zapatos pesados que arrastra difícilmente en el barro.            Oye la invitación, se para un instante, mira la extraña carreta, el caballo y los viajeros y parece preguntarse si debe aceptar o no el ofrecimiento inesperado.            -Estás cansado y te creemos en nuestro caso; la noche cae; te comerán los lobos, ven, tenemos vino y un sitio para ti.            Así dijo el hombre de los espesos bigotes sentado sobre el odre.            La duda del desconocido se cambia en resolución; se aproxima con paso decidido, sube al carro, se sienta y murmura con tono quejoso, enjugando el sudor de su frente:            -Es una carretera maldita; toda es lodo. Tengo la espalda molida.            -Ay de mí! Veo que eres como nosotros. Mira el cielo: ni un rayo de luz!... Volvemos a nuestras casas con la escarcela plena. He! He! He!  Pareces estar en el caso nuestro. Vino, toma vino. Maldito sea quien ha creado el mundo. Lo creó, desde el principio, sobre base falsa. Bueno es siquiera que haya vino. Tóma: esto es vino.            El recien llegado toma el cántaro, lo lleva a la boca y lo vacía de un trago. Pronuncia tres palabras.            -Tengo mucha sed.            Le comprenden, y le pasan un segundo cántaro, luego un tercero, un cuarto.           

-Sí; pareces tener mucha sed... 

Tóma bastante, bebe; pues es un remedio contra el dolor, dijo uno de los viajeros.            Y el desconocido bebe...            -Vamos, maestro; toca algo, no importa si somos seis en vez de cinco; cántanos el sufrimiento.            Y una vez más vuelve el viejo músico hacia el cielo sus cuencas vacías; de nuevo las cuerdas tiemblan y el violín solloza.            Crece la oscuridad envolviéndolo todo; las montañas y los bosques se confunden lentamente con la bruma espesa y húmeda; el camino se pierde en las tinieblas y los cuervos al fin se callan. No se oye sino el resoplar del caballo y el ruído indefinible de sus cascos en el barro. El conductor, ya ebrio, lanza a intervalos vociferaciones de loco, fustiga sin tino, y las ruedas avanzan rechinando y crujiendo dolorosamente.            A lo lejos, al oeste, por encima de los bosques y las montañas, un pedazo de cielo oculta, bajo los pliegues de nubes más ligeras, un rayo de luz sin brillo de la que a veces se escapa una claridad que viene a retozar como un fantasma en las caras de los viajeros, esbozando apenas sus siluetas en la negrura de la noche. Los árboles que orillan el camino no son ya sino monstruos informes, y diríase que conspiran en silencio contra los viajeros retardados. Un murciélago que aparece de entre las ramas remolinea por sobre sus cabezas y se hunde rápidamente en la oscuridad rozándoles las caras con sus alas. Un buho solloza y se calla luego. Más lejos aún, en el fondo del bosque, un pájaro pía quejosamente y de la cima de un árbol se desprende una rama que cae ruidosamente.            Esto no preocupa a los viajeros. El canto del violín se extiende sobre el bosque para ir a morir junto a los pájaros escondidos entre el follaje. El vino da la vuelta y el recienvenido, ebrio, inflamado, feliz, habla sin cesar:            -El hombre debe ser un hombre! suceda lo que quiera, es preciso que viva!...  Yo os lo juro! Derriba el mundo, tíralo al fuego, pero encuentra de que vivir!  No soy tan bruto para volver después de diez años de ausencia con el bolsillo vacío. Hélos aquí!            -Trescientos rublos, os digo... tres hermosos billetes de a ciento... No me creéis?  Que el diablo os...             Entreabre sus vestidos para sacar de ellos algo y salen tres grandes billetes. Los viajeros se inmovilizan de curiosidad y de asombro; abren enormes ojos para ver mejor en lo oscuro, mientras que el propietario agita en el aire sus billetes como alas de murciélago. Uno de los compañeros tiende la mano, los manosea a fin de que efectivamente es dinero.... trescientos rublos!...            El conductor abandona por completo las riendas, gira sobre las rodillas y tiende el brazo hacia los papeles. El que servía el vino dejó abierta la espita del odre y el vino se derramó por el lodo del camino. Esto no interesa al portador de los billetes; los baraja contra el aire uno contra otro, los sacude, grita y riñe con todo el mundo.            -Viva yo!  Festejadme, camaradas! Vino!  Dadme vino! Pronto!  ¿Por qué te quedas con la boca abierta? El hombre debe ser un hombre; la mujer será siempre mujer. Festejadme, os digo!            Y oculta el dinero en su pecho.            Pero la <> se detiene de golpe; las conversaciones también. No se oye sino los gritos del recienvenido, muy alegre. Nadie le responde...            En la oscuridad se distingue la respiración húmeda y febril de los viajeros. Los tres billetes se ciernen en sus imaginaciones trastornadas, dando vueltas, exactamente como aquel murciélago de hace un instante; desconcertando sus cerebros inflamados; y revolotean sin cesar por encima de sus cabezas... Trescientos rublos!...            Y ellos, ellos vuelven también a la casa, pero no tienen nada. Allá abajo una visión dolorosa les espera: la choza fría y ahumada, los hijo hambrientos, la esposa pálida y doliente, y además, asediando la puerta, el cobrador de impuestos... Y trescientos rublos...            Han enmudecido pero se comprenden mutuamente. Cada quien ve a través del alma de su vecino un negro abismo donde la mirada se detiene estupefacta; en el que riñen los vientos del deseo y de la rabia como en un infierno.            Todos tienen miedo de todos.            Ya nadie pide vino. Sus labios se han cerrado. Ya nadie reclama al viejo los sones del violín. El silencio los ahoga, pero no pueden hablar. Se hinchen los pechos, pero todos permanecen mudos. No se escucha sino el resuello del caballo, el ruido indefinible de sus cascos en el cieno y el chirrido de las ruedas siempre en movimiento.            De pronto comienza el sollozar del violín; el viejo ciego lo ha recogido, espontáneamente esta vez, con emoción, y los desgarradores acordes de las cuerdas parecen retorcerse en la oscuridad, y lloran, yendo a morir a lo lejos... Diríase que es la noche que solloza, sola, abandonada, desesperada. Los viajeros se sienten enloquecidos; esos toques dolientes caen en la profundidad de sus almas como energías ardientes, chocan en su conciencia e iluminan el secreto monstruoso que allí se retuerce como una serpiente irritada.            Todos esos hombres quisieran romper el violín en la cabeza del viejo; todos quisieran hacerle callar, pero ninguno se atrevía. Y el músico toca ardiente, ferozmente. Las cuerdas ora lloriquean, ora gritan como para destrozar el corazón. Los viajeros permanecen siempre mudos, jadeantes en la oscuridad, como si estuvieran desconcertados y, sin darse cuenta, rodean al recienvenido acercándose a él cada vez más.              Nadie mira a su vecino cara a cara, ninguno abre su alma a su hermano, y sin embargo sus almas están abiertas y todos ven en ellas el abismo en el cual riñen los vientos del deseo y de la rabia. Ya no hay allí cuatro cabezas sino una sola en que domina un pensamiento único, lóbrego y monstruoso, formidable e invisible, que hostiga los cerebros cuya sangre parece fluir gota a gota sobre la conciencia. -El recienvenido grita todavía:            -He!  ¿qué os sucede para callaros?  Demonio!  Maldito sea quien os llame hombres. Dadme vino, dad... me...            Pero no pudo concluir. De súbito se alzaron dos manos en la oscuridad y los dedos huesosos del hombre de los grandes bigotes se hundieron en su carne, le molieron el cuello. Al mismo tiempo, sin haber pronunciado una sola palabra, sin acuerdo ni señal previa, los otros dos y el carretero tienden también sus manos hacia la garganta de su víctima; y comienza la lucha, lucha espantosa de cuatro contra uno. Ahogado, mueve los pies, araña al que puede, muerde los brazos de sus adversarios, desgarra, ensangrienta sus carnes; pero en vano; los huesos del cuello suenan bajo las ocho manos vigorosas. Al principio berrea como un ternero degollado, estertora con voz sorda y rara, suspira largamente, escupe espuma en la cara de sus verdugos; luego su lengua se abate sobre la quijada y enmudece. La lucha terminó.            Ahora es necesario robar a la víctima. Más, los estranguladores se separan de repente, se agachan en los distintos rincones del carro y miran, con los ojos encendidos y la respiración silbante, el cadáver que se estira, se alarga y ensancha ocupando toda la carreta. Ya no hay puesto para ellos. Más y más se encogen, recogen sus pies bajo sí, de modo de no estar en contacto con su víctima; pero, el cadáver está en todas partes; los alcanza, se frota a ellos, les aprieta la garganta, los ahoga.            Y jadeantes, tiemblan contemplando el muerto. Miran en la oscuridad su espumosa boca, su lengua larga, sus ojos inyectados en sangre y abiertos.            Los trescientos rublos están ahí, en ese pecho inflado. Nadie osa extender la mano para recogerlos...            -Vino, dadme vino!            Es el músico ciego quien, ignorante de lo que acaba de suceder junto a él bajo los sollozos de su violín, pide de beber.            Su mano se tiende en el aire; nadie le da vino, -ni ninguno le oye.- Vuelve a tomar el instrumento. De nuevo lloran las cuerdas sobre el cadáver. Deplora una muerte que no vio.            De pronto uno de los hombres salta bruscamente del carro al barro de la carretera y huyó en seguida. Otro lo siguió, luego el tercero: huían del espanto creado por sus manos. El carretero mira con ojos empañados la carreta, el cadáver y el viejo músico que toca un aire lúgubre. ¿Dónde llevar ese espantoso fardo? ¿Dónde ocultarlo? Y él también salta y huye, como los otros.            Ya no queda sino el viejo y el cadáver, el canto y la muerte que el flaco y torturado caballo arrastra en esa horrenda lobreguez, por ese camino lleno de surcos, cuyos vaivenes arrancan el alma.            Los fugitivos corren por bosques y montañas. Corren sin mirar atrás. Huyen al acaso. Y detrás de cada uno de ellos corre un cadáver de ojos yertos y espantosos, de roja lengua que cae sobre la quijada, de boca espumosa, y que tiene en sus manos billetes lucientes. El bosque grita de todos los puntos; tiembla la tierra en las tinieblas. Huyen sin preguntarse adónde, pero es necesario que sea lejos, lejos de ese cadáver pavoroso que corre sobre sus huellas y cuyo paso escuchan. Huyen lejos de ese vehículo en el que se oye sollozar todavía el violín afligido del viejo músico.            Ahora el músico tantea a su alrededor. Encuentra el cadáver.            -¡Hé!  ¿Qué os sucede que dormís, borrachos?            Hablando así, sacude, da tirones vigorosamente, llama. Pero en vano. ¡Ni una voz!            -Dormid, dormid; os cantaré una canción.            Aturdido por el vino, toca sin pararse, y el violín llora, llora; y la carretera avanza sin conductor.            Y el caballo, extraviado